Blogia

Trote Cochinero (Charlis, Klarin, Uxama, Enrique).

Subida a la Maliciosa desde la Barranca

Subida a la Maliciosa desde la Barranca

19 de Julio del 2.008

 Descripción de excursiones y senderismo

La tarde era calurosa cuando a las 17:30 de la tarde nos dirigíamos a la Barranca, lugar de inicio. No apetecía demasiado caminar bajo la calorina del día. Se llegó sin dificultad por la carretera de Colmenar. Aparcamos el coche en frente hotel y antes de emprender la subida nos metimos una cerveza en la cafetería. Esta estaba tranquila y apenas un par de matrimonios mayores ese solazaban después de la siesta bajo los pinos de la terraza, donde el único ruido eran unos pocos pájaros.

Nos dio pereza comenzar. Fernando sabía que había que ascender pero desconocía el grado, pero yo era plenamente consciente del nivel de dificultad, era la tercera vez que la recorría. La cerveza estaba fría y comentábamos animados nuestras últimas andanzas por el Camino. Se estaba bien en aquel lugar que protegía del calor exterior. A las siete menos cuarto cargamos las mochilas y comenzamos a recorrer el camino de tierra que parte al lado del pantano. Entre los pinos se iba bien aunque la ascensión comienza ahí mismo. El recorrido era obvio hacia el fondo del valle. La conversación no faltó.

Hicimos algún recorte al camino pero básicamente le continuamos todo el rato en una suave subida. En un zig-zag abandonamos el camino para subir a la fuente de la Campanilla. Allí mismos hicimos una breve parada a repostar. Ya estábamos sudados pero todavía había fuerzas, solo llevábamos cuarenta minutos y 240 metros de desnivel. Por detrás de la fuente se inicia el sendero que lleva al collado del Piornal o del cubo de basura, como nosotros le bautizamos. Desde aquí la vista de la Maliciosa se hace angosta y deprime observar lo mucho que queda de ascensión, es conveniente ver el hermoso paisaje pero no pensar en lo que queda, os juro que deprime. Durante un rato nos acompañaron los pinos, pero cada vez estaban más desperdigados y las piedras eran más frecuentes. La conversación cedió ante una respiración forzada, las fuerzas e empleaban en la ascensión.

Al cuarto de hora dejé de oír a Fernando, mire para atrás y estaba resoplando con la camisa empapada de sudor, se había sentado a reponerse del esfuerzo. Esto se repitió dos o tres veces. El camino se retuerce sobre si mismo buscando y acompañando la bajada del arroyo. Nos encontramos con un grupo de tres personas que bajaban de la Maliciosa. Habían empezado a las tres de la tarde en Navacerrada y ya iban de retirada. Me puse en su lugar y me asombré de lo mucho que aguantaban el calor. Nos dieron ánimos y breves momentos de conversación.

A mitad de la subida se pasa por un trecho donde el sendero desaparece y se tiene que ascender por una pequeña pedrera. El piornal se hace cada vez más frecuente y el paisaje que se observa, en cada parada, era más amplio y hermoso. Estábamos por encima de la línea de los pinos. También os cruzamos con un individuo que estaba bajando con sandalias sin calcetines que nos pareció una especie de hippie que apenas se digno a darnos las buenas tardes. A las nueve y cuarto llegamos al alto del piornal, habíamos ascendido a los 2076 metros desde los 1380 en que se encontraba la Barranca.

Fue una subida dura por lo concentrada de la misma. Hubo momentos en que se dudaba que se pudiera seguir ascendiendo. Fernando llegó a amenazarme: - La próxima vez te ato u ancla a la mochila para que subas más despacio. En el alto se siente uno orgulloso del reto vencido. Las vacas pacían tranquilas permitiendo ver las antenas de la Bola del Mundo y los altos de Peñalara, Valdemartín y Cabezas de Hierro Mayor y Menor, todos ellos de altura superior a los 2200 metros. Por la derecha se ve la suave subida a la Maliciosa. La parte dura de la ascensión acabó aquí, ya sólo resta una subida más tendida que lleva al borde del barranco y posteriormente por un leve cresteo llegar a la cima. De frente se desciende hasta la Pedriza pero nosotros continuamos hacia nuestro destino, ya a estas horas se notó la bajada de la temperatura.

Llegamos a un collado al borde de la cuesta donde era posible ver todo el valle de Madrid y distinguimos con facilidad los pueblos de Villalba, Guadarrama y, al fondo, el Valle de los Caídos y el Escorial. Por encima se veía el alto de los Leones y después la llanura segoviana. Se distinguía la Comunidad de Madrid a nuestros pies, aunque una ligera bruma nos impedía dominar la ciudad. Aún así fascina ver la autopista de la Coruña con sus luces, los pueblos del llano y sobretodo los montes solitarios y sin luces. Es alucinante lo resplandeciente que se encuentra la llanura de Madrid a diferencia de la segoviana, que se ve oscura y libre de contaminación.

Junto al borde, entre unos peñascos que algo nos protegían establecimos el campamento. Esterillas al suelo y sobre ellas el saco. Lo angosto de la zona nos colocó distantes a Fernando y a mi, pero había que aprovechar los pocos llanos de los que disponían. Ya oscureciendo y con solo una leve luz en el horizonte comenzamos a dar cuenta del bocata que nos serviría de cena. Apenas habíamos empezado cuando un grupo de seis personas pasaron junto a nosotros. Eran unos amigos que habían decidido ir a la Maliciosa desde Navacerrada en una marcha nocturna. Estaban recorriendo de forma metódica todos los dos miles de España, y hoy les había apetecido ver la luna llena desde este pico. Conversamos un rato con ellos y comprendimos que los aficionados a la montaña son muchos, y cada cual tiene su forma de comprenderla y amarla.

A nosotros nos quedaban unos diez minutos para llegar a la cima pero preferimos hacerlo mañana con una mejor luz, aquí teníamos un hermoso observatorio con algo de resguardo del viento. Era fascinante el cielo estrellado con una luna llena que inundaba de luz. Los ojos se acostumbraban y permitían seguir el camino.

Aquí nos sentíamos pequeños ante la grandeza del entorno. Se notaba el frío, ¡que diferencia de la temperatura entre las siete de la tarde y las once de la noche! Ahora apenas hacía diez grados. Conversamos Fernando y yo de las diversas vicisitudes de nuestra subida, pero siempre con orgullo. Una vez realizado el esfuerzo me maravillo de haber superado un reto. A las doce y media nos metimos en los sacos. Creíamos que la zona ya estaría tranquila, pero divisábamos luces de linternas en Valdemartín y Cabezas de Hierro. Había más gente que había tenido ideas similares a las nuestras. Pensando estas cosas volvimos a oír a los caminantes, que ya iban de vuelta. Poco después me quedé dormido en paz conmigo mismo.

A las dos y media me despertó la voz de Fernando que daba aviso a otros caminantes, para que no nos pisaran o se llevaran un buen susto por nuestra presencia. Eran otro grupo de chavales que iban dando voces. Estos iban de botellón al alto. Habían partido de Navacerrada a las doce de la noche. Pensé que aquello era la Gran Vía de la sierra y lo que pensaba que sería soledad y tranquilidad se había convertido en un constante ir y venir. Hacía frío fuera del saco pero el cielo estaba precioso e iluminado por la gran lámpara de la noche.

A última hora me quedé dormido y fui despertado por el sol iluminándome la cara. Fernando ya se había levantado y estaba sentado en una piedra dando cuenta de su primer cigarrillo. No terminé de abrir los ojos cuando un corredor pasó a nuestro lado dándonos los buenos días. Nos sorprendió como saltaba de piedra en piedra, cuando nosotros íbamos despacio él no tenía temor a torcedura alguna. Tras un leve desayuno de zumo y galletas recogimos el campamento y nos dirijimos a alto. Eran magníficas las vistas desde la piedra del punto geodésico, pese a una ligera bruma. Se distinguían perfectamente la Pedriza al fondo y los pueblos de la llanura. Me agradó esta visión desde esta atalaya de rapaces. Me imaginé las sensaciones de los pájaros desde la altura viendo pasar a sus pies tierras llenas de vida y sintiéndose libres. En el alto estuvimos poco rato pero la satisfacción fue notable.

Desde aquí volvimos sobre nuestros pasos hasta el collado de la papelera,, pero las sensaciones fueron distintas a las de la tarde-noche anterior. La luz deslumbraba y amenazaba un día caluroso. Las cosas cambian sus características con la luz e influye directamente sobre nuestro estado de ánimo.

Ascendimos hasta la Bola del Mundo (Alto de Guarramillas) en poco más de veinte minutos desde el collado del Piornal y otros veinte más desde la Maliciosa. Este era nuestro segundo dos mil del día (2268) y punto más alto de la marcha. También es cierto que no habíamos bajado de esa altura desde que llegamos a la papelera. Aquí las antenas me recordaron mi niñez, cundo salía al campo o iba por la carretera y era un punto de referencia desde muchos puntos distintos de Madrid o Segovia.

Aunque afea el paisaje me resultan entrañables esas antenas con forma de cohete. Apenas paramos un momento para fotografía, teníamos ganas que estuviera abierto el bar del remonte para tomarnos un apetitoso café.

Desde aquí por una pista de cemento que da servicio a las instalaciones desde el puerto de Navacerrada, bajamos hasta el remonte de la estación de esquí. No tuvimos suerte, estaba cerrado a cal y canto. Hoy no tocaría tomar la ración correspondiente de café. Continuamos la bajada dirigiéndonos a la cuerda de la Cabritillas (1960 metros) en la que abandonaríamos la pista. Nos sorprendió el esfuerzo de algunos ciclistas que remontaban hasta la misma Bola con bicicletas de carretera. No conozco el Anglirú pero puedo asegurar que este tramo de dos kilómetros hay algunas rampas que se aproximan al 20 por ciento. ¡Vaya esfuerzo!

En la cuerda hicimos un parada a tomar el resto de los bocatas que habían quedado de la cena del día anterior. Se estaba bien al sol después de una noche fresca. Comprendí las sensaciones que debe tener un lagarto solazándose sobre las piedras de granito.

Todavía nos quedaban unas dos horas de caminata y queríamos llegar pronto a Madrid. Cogimos la senda de la tubería que tras una primera brusca bajada se encuentra una fuente de agua helada que nos vino muy bien para reponer las reservas. Seguimos por la misma senda bajando de una forma suave y con vistas al pequeño valle de la Barranca. Abundan los pinos y en muchos momentos dan protección a la senda. Es posible ver la Maliciosa y las antenas del Alto de Guarramillas en un paisaje muy representativo de este macizo central. Es un agradable paseo en suave descenso.

Sobre la llegamos al mirador de las Canchas (1760 metros) donde revisamos los paneles para descubrir los diversos montes que rodean el valle. Aquí había mucha gente que había aprovechado el domingo para degustar de un magnífico paseo. Ya desde aquí cogimos el camino que nos llevaría en algo menos de una hora al aparcamiento del fondo del valle. Aquí dimos cuenta de una apetecible cerveza y una posterior comida sentados en la agradable terraza del hotel.

Se podría resumir como una subida dura y muy montañera con un desnivel de unos 850 metros, donde es destacable el tramo desde la fuente de la Campanilla hasta el collado del Piornal. A las cuatro de la tarde emprendimos la vuelta a casa con el espíritu feliz de haber cumplido un sueño y una noche en uno de los dos miles de la Comunidad de Madrid.

Uxama

Pelegrina-Cañón del Rio Dulce

Pelegrina-Cañón del Rio Dulce

12 de Octubre de 2008

Si quieres descargar la ruta para verla en Google Earth pincha aqui

Esta es una ruta circular de aproximadamente 7’8 km, con una dificultad sencilla, pues no tiene desniveles destacables, y que discurre dentro del Cañon del Rio Dulce, en la localidad alcarreña de Pelegrina, a unos 10 km de Siguenza.

Descripción de Excursiones y senderismo

Salimos de Madrid en coche una mañana gris y lluviosa del mes de Octubre. Después de aproximadamente 1h y 45 minutos de viaje, y tras desayunar en una gasolinera pasado Torija, llegamos a Pelegrina. Al llegar llovía copiosamente, aparcamos el coche en el solitario aparcamiento que tiene el pueblo para sus visitantes y esperamos a que escampara. Lo que podíamos ver desde el coche era desolador: el pueblo estaba completamente vacío, el único bar estaba cerrado y además llovía a cantaros; pero al mal tiempo buena cara y entre chistes, chanzas y otras ocurrencias esperamos dentro del coche a que el cielo diera un atisbo de apertura. Y ¡albricias Albar Fañez!, después de media hora de espera, el cielo nos dio un respiró, y la pertinaz lluvia inicial se convirtió en un lluvia ligera que nos permitió salir del coche y pertrecharnos con las mochilas y los pertinentes chubasqueros.

 

La verdad es que era la primera vez que íbamos por allí y estábamos un poco despistados: sabíamos que en la zona había 3 rutas: El Cañón del Río Dulce, la ruta a Aragosa y la ruta a Sigüenza, pero desconocíamos de donde partía cada una de ellas. Desde el aparcamiento se atisbaba un camino y ni cortos ni perezosos decidimos seguirle. Para ello, saliendo del aparcamiento hacia el pueblo, tomamos la primera calle a la izquierda que tras una pronunciada bajada nos dejaba en el camino que habíamos visto y que pasaba al pie de una gran noguera en la que encontramos un paisano recogiendo las nueces que se encontraban en el suelo. Nos encontrábamos en el fondo del Cañón del Río Dulce, donde un bosque en galería de chopos ponía la nota de color en esta jornada otoñal.

 

Finalmente, había dejado de llover y seguimos un coqueto y suave camino que discurriendo por el fondo del Cañón nos descubría las grutas, cárcavas y caprichosas formaciones que durante miles de años había labrado el río en la roca. El camino, dentro del bosque cruza varias veces el cauce del río Dulce, en este tramo no más ancho que un arroyo, mediante unos puentes de madera.

Uno de los hitos del camino que seguimos es la caseta en la que, y según un cartel que se encuentra en la misma, guardaba Félix Rodríguez de la Fuente el material de rodaje de la recordada serie de televisión “El Hombre y la Tierra”. Debemos reseñar que en este Cañón, Félix grabó gran parte de los capítulos de la serie, y que incluso aquí vivían en régimen de semi-cautividad la familia de lobos que protagonizaba algunos de los capítulos.

 

A partir de aquí le cañón se va abriendo cada vez más, a la vez que pierde altura y se despuebla de vegetación, y el camino se va convirtiendo en una serie de sendas que serpentean por las laderas que conforman este tramo del Cañón.  Siguiendo una de las sendas, que supongamos que nos sacaría del Cañón, llegamos a una zona rocosa que teniendo unas vistas amplias sobre este tramo, nos invitaban a tomar un pequeño descanso para beber agua y fumar un cigarrillo.

 

Una vez hecho este descanso, proseguimos por la senda que se encontraba embarrada, y debido a un pequeño desnivel que debíamos sortear y al barro, tuvimos el percance por el que recordaremos esta excursión: Fernando resbaló, con tan mala suerte que para no caer hacía la parte del barranco forzó la postura y cayo sobre su mano derecha, dislocándose un dedo. Inmediatamente  se lo pudo colocar bien, se lo protegió con un pañuelo y aunque el dolor de momento no era muy fuerte, decidimos terminar la ruta.

Desde la senda que seguíamos se avista la carretera que une Torremocha del Campo con Sigüenza, y que nos había llevado en coche a Pelegrina. Salimos a la carretera en dirección a Pelegrina, pasando por el Mirador de Félix Rodríguez de la Fuente, que al pie de la carretera y dominando el Cañón, nos proporciona unas vistas espectaculares sobre mismo.

Siguiendo la carretera y a un kilómetro más adelante del Mirador, encontramos el desvío para Pelegrina, la que se adivina al fondo.

 

Son casi dos kilómetros de una pequeña carretera local en suave descenso. A unos 500 metros del pueblo encontramos un mirador sobre uno de los ramales abiertos del valle del Río Dulce y un pequeño centro de información de visitantes. Curiosamente, en este mirador podemos encontrar un panel informativo sobre la ruta del Quijote que discurre unos cientos de kilómetros más al sur en la provincia de Ciudad Real. Como era la hora de comer, decidimos parar en este Mirador a comernos los sándwiches. Una vez satisfecha el hambre, recorrimos los metros que nos restaban hasta el aparcamiento en que se encontraba el coche, y ¡Oh sorpresa!, el bar del pueblo, que se encuentra pegado al aparcamiento, estaba abierto, por lo que  pasamos a tomarnos un café. El dedo de Fernando comenzaba a enfriarse y el dolor aumentaba paulatinamente, pero era aceptable. A las cuatro de la tarde tomamos nuevamente el coche, recorriendo los kilómetros que nos separaban de Sigüenza, terminando en la Cafetería del Parador, y prometiéndonos que volveríamos a Pelegrina: nos quedaban por realizar dos excursiones más, la de Aragosa y la de Sigüenza.

Juan Carlos (Charlis)     

 

Peñalara, Claveles y Laguna de los Pájaros

Peñalara, Claveles y Laguna de los Pájaros

14 de Junio del 2.008 

Presentación fotográfica del día

El día amaneció temprano y el despertador cumplió su función con la pereza de trabajar un sábado. Mi cabeza rugió por el sonido horrible y descorazonador, pero sólo tardó un minuto en recordar que hoy no tocaba trabajo. Me esperaba un día de campo. Me preparé con prontitud y antes que me diera cuenta, ya me encontraba en la calle dirigiéndome al bar donde había quedado con Klarín para partir a la sierra.

El cielo estaba despejado y más bien caluroso, que cambio con los dos últimos meses. Casi sin sentir ya estaba frente a la estación de Atocha pidiendo un café. No era el único con mochila y pantalones cortos en el bar. Las expresiones eran mucho más alegres que un día de diario. En poco rato apareció mi compañero, y tras terminar un breve desayuno marchamos al punto de encuentro especificado en el foro. Esperaba que alguien más se apuntara, pero no estaba muy seguro, la gente tiene obligaciones y ninguna contestación nos había dado esperanza de compañía. Tampoco nos importó mucho, la marcha de hoy aunque corta, unos 18 kilómetros, era dura y montañera. Queríamos subir al Pico Peñalara, luego recorrer los Claveles, con sus muchísimas piedras que obligan a poner en más de una ocasión las manos, llegando hasta la laguna de los Pájaros, donde almorzaríamos. Y, por fin, volver por la laguna de Peñalara hasta la antigua estación de Cotos donde habríamos empezado la marcha.

Este día requería algo más de condición física que una etapa del Camino donde sólo la distancia agota al caminante, hoy se requería buenas rodillas y buen ánimo. A las ocho estábamos en el andén con la pequeña esperanza de alguien más, pero no apareció nadie y nos subimos al tren de cercanías. El andén estaba lleno de grupos de montaña que sonrientes comentaban su próximas andaduras, el buen rollo llenaba el ambiente.

El recorrido se hizo corto hablando con mi compañero de nuestras aventurillas camineras y laborales. Ya se sabe que cuando dos peregrinos se juntan se pueden pasar horas charlando de anécdotas y planes. Unas veces hablando, otras escuchando y siempre manifestando cariño por los recorridos a Santiago, llegamos a Cercedilla. Este era el segundo punto de encuentro, pero tampoco apareció nadie. A las 9:40 cambiamos de tren, y cogimos él de vía estrecha que sube con esfuerzo a través de las laderas, siempre entre pinos hasta primero Navacerrada y luego hasta la Estación de Cotos (1.830 metros). El paisaje era precioso pudiendo ver a más de cincuenta kilómetros. Los cuatros colosos de Plaza Castilla se podían distinguir en el horizonte. Los pinos iban abriendo paso al trenecillo pareciendo muchas veces que le ayudaban en la subida por las cuestas.

El ambiente dentro era todavía más montañero que en Atocha, aquí todos eran excursionistas que se gastaban bromas y hablaban de anteriores y futuras hazañas. Sin apenas darnos cuenta llegamos a la pequeña estación de fin de recorrido. Algo más fresco que en Madrid pero suficientemente templado para poder caminar en manga corta. El cielo estaba limpio y radiante.

Había una competición de triatlón en la cumbre y se podían ver a los ciclistas sufriendo en los desniveles de los senderos. Klarín y yo decidimos empezar tomando nuestro segundo desayuno, en el Camino es una costumbre desayunar un par de veces, y hoy no iba a ser menos. Derechos al chiringuito. Allí cayeron montados de tortilla y beicon con copita de vino para templar la barriga, todos los elementos del cuerpo se tienen que calentar antes del ejercicio.

Se estaba tremendamente a gusto sentados en una mesa al sol viendo los bosques albares y oliendo la naturaleza a pocos kilómetros de una ciudad loca como Madrid. Parecía increíble que en tan poco tiempo hubiéramos pasado de un lugar a otro y tanto cambiaran las sensaciones. A las once comenzamos la subida, aquí no hay respiro según empiezas ya estás en cuesta. Al principio con cierta suavidad pero en menos de un kilómetro las rampas se empinan y las piernas empiezan a sentir el esfuerzo.

El camino lleva por este parque natural que intenta recuperarse de lo que fueron las antiguas pistas de esquí. Los pinos pronto desaparecen y son sustituidos por enebro rastrero y piornal. Pequeños pinitos de replantación harán desaparecer con el tiempo el recuerdo de las bajadas de los esquiadores. Templando el paso para que no nos agobiara la subida, y que el pobre Klarín no se asfixiara demasiado, fuimos adelantando a numerosos grupos de montañeros. Por momentos hicimos la comparación del Camino en verano.

En poco menos de media hora llegamos a un recodo del zigzagueante camino que nos permitió ver el refugio de montaña de Zabala, al fondo se intuía la Laguna grande de Peñalara. El Circo de origen glaciar se podía distinguir perfectamente. Al otro lado se mostraba con nitidez y orgullosa la Bola del Mundo, con sus torres de transmisión y la estación de esquí de Valdesquí. Un poco a la izquierda se encontraban las Cabezas de Hierro y la denominada Cuerda Larga.

El cielo azul con algún toque blanquecino de nubes hacía resaltar el verdor de los montes circundantes. Después de las fotos de rigor continuamos la subida que aquí se empina un poquito más hasta llegar a los picos de las Hermanas Menor y Mayor.

En poco más de veinte minutos pudimos llegar a la primera de las cimas. Fue una sorpresa distinguir perfectamente el puerto de Navacerrada, Siete Picos, Montón de Trigo y, sobre todo, la llanura segoviana con las torres de la Catedral. Alucinante paisaje. Nosotros estábamos más cerca del cielo (2.285) y ya habíamos cubierto un desnivel de 450. Nos encontrábamos felices creyéndonos en la cima, todavía nos quedaban los últimos doscientos metros de “subidita”, eso si ya de más suave pendiente.

Aquí el aire corría frío y tuvimos que recurrir a la poca ropa de abrigo que llevábamos. Apenas paramos cinco minutos para que el paisaje tomara posesión de nuestros sentidos.

Ya en la cuerda fuimos ascendiendo rodeados de multitud de montañeros, daba gusto ver las dos vertientes, por un lado las llanuras de Castilla y León y por el otro el valle que nos dibuja al fondo el Paular. Son impresionantes las vistas.

Hasta la cima la subida es llevadera y no requiere demasiado esfuerzo. El punto geodésico de hormigón nos saludó con un fuerte viento frío. La gente se protegía entre las piedras intentando descansar del esfuerzo.

Nos sorprendió que en un pequeño resguardo estaban celebrando una Misa un grupo de unas veinte personas. Me pareció un lugar maravilloso para orar, no creo que haya iglesia más bella que la que nos proporciona la Naturaleza en su estado puro.

Era incómodo pararse y decidimos continuar nuestro recorrido y parar un poco más adelante.

Desde aquí el camino se convierte en sendero y las piedras son las protagonistas. Caminando por un borde estrecho que apenas dejaba poner los pies fuimos avanzando. Había trozos en que se pisaba en el borde de las grandes piedras con la certeza de estar haciendo equilibrios peligrosos de volatinero. En más de una ocasión las manos y el trasero sirvieron de tercer punto de apoyo que nos permitiera continuar.

La adrenalina hizo acto de presencia y una cierta euforia lleno nuestro sentir. El paisaje seguía siendo maravilloso pero la cabeza y los sentidos se tenían que centrar en el siguiente punto de apoyo.

Así fuimos pasando los riscos de los Claveles y, posteriormente, él de los Pájaros. Nos sorprendió la gran cantidad de lagartijas y mariquitas que se solazaban tranquilamente viendo pasar los montañeros. Cuando pasamos el último de los montones de piedras nos sentamos en una de ellas a reposar el tiempo necesario de echar un pitillo que nos relajó y tranquilizó del esfuerzo realizado.

Aquí fue donde nos acordamos del Gato y de lo que disfrutaría de esta pequeña aventura. Sin pensarlo dos veces aprovechamos que teníamos cobertura para hablar un rato con él y darle ánimos para que pase estos momentos difíciles.

Ya un poco más templados llegamos sobre las dos de la tarde a la pradera de la laguna de los Pájaros. Sin dudarlo soltamos la carga y nos dispusimos a tomar el bocata apoyados en una comodísima piedra con vistas a un agua helada y a las crestas que acabábamos de pasar. Nos parecía increíble desde aquí que hubiéramos sido capaces de pasar por allí. Con la comida llegó el relajo. Me descalcé y sentí como la hierba fresca masajeaba mis calenturientos pies. Que alejada estaba mi cabeza de mi vida urbanita.

Estuvimos una hora solazándonos con un techo azul fantástico con alguna que otra nubecilla que realizaba un sin igual cuadro.

Sobre las tres de la tarde emprendimos el retorno ya más suave por una serie de praderías que nos hacía pasar por las lagunas glaciares de los Claveles y la laguna Chica de Peñalara.

Nos rodeaban bellas florecillas amarillas que contrastaban con el verde de los prados y piornales. Había trozos en que la bajada era empinada y los pies resbalaban con las piedrecillas. El paisaje continuaba siendo muy bello y el sol aprovechaba para decorarnos la cara con un color rojizo.

Pasado el puente de madera que lleva a la laguna grande el sendero se vuelve a convertir en un camino cómodo que en menos de media hora nos dejó en el Centro de interpretación del parque.

A las 17:10 nos sentamos tranquilamente en la terraza de la estación de tren que nos devolvería a casa en un par de horas. El sol calentaba y la cerveza nos refrescaba el gaznate. Nos encontrábamos cansados pero tranquilos y relajados después de un día maravilloso en la Sierra de Madrid. Ahora ya solo quedaba la vuelta al ruido y contaminación, pero los recuerdos de los paisajes nos alegraba el ánimo.

Pelegrina-La Cabrera-Aragosa

Pelegrina-La Cabrera-Aragosa

23 de Noviembre de 2008

Si quieres descargar la ruta para verla en Google Maps o Google Earth(3D) pincha aqui

Esta es una ruta de ida y vuelta de aproximadamente 25’7 km, con una dificultad sencilla, pues es completamente llana, excepto el pequeño desnivel de unos 300 m al principio de la misma ( y claro tambien al final) , y el camino está en muy buen estado, discurriendo en el valle del Rio Dulce que une los pueblos alcarreños de Pelegrina con Aragosa.

Descripción de Excursiones y Senderismo

Otra vez estábamos de vuelta en Pelegrina. Salimos de Madrid sobre las 9’00h, paramos a desayunar como la otra vez, dejamos el coche en el mismo sitio de la otra vez, es decir en el parking de entrada a Pelegrina, y sobre las 10 y veinte de la mañana comenzamos a caminar. Esta vez si sabíamos a donde queríamos ir y donde empezaba la ruta: nada mas cruzar la carretera comienza un camino a mano derecha del pueblo que tras una fuerte bajada nos deja en el valle que vamos a recorrer durante toda la jornada.

Después de esta bajada de unos 300 metros, el camino ya discurre por el fondo del valle, que en este tramo está muy abierto, se convierte en una agradable ruta  llana durante los próximos 12 Km. Como ya he dicho, el comienzo de esta marcha trascurre por el fondo llano del valle del río Dulce, y a unos 100 metros del final de la bajada nos encontramos con una bifurcación del camino: una rama nos lleva de frente hacia Sigüenza y que nos saca del valle (esta marcada como la ruta del Quijote) y la otra gira un poco a la izquierda, siguiendo el valle.

Esta es la rama que tomamos y que durante unos pocos kilómetros (unos 3) acompañada de tierras de labranza, y que si miramos hacia atrás, vemos el pueblo de Pelegrina dominado por su Castillo. Como he dicho, el camino es tremendamente cómodo y entre una agradable conversación, Fernando y yo llegamos a las ruinas de lo que convenimos que podían ser de una antigua venta. El camino sigue por el valle, que cada vez se cierra más, dejando las tierras de labranza y se convierte paulatinamente en un bosque en galería a las orillas del río Dulce. A unos 3,5 Km. aproximados el valle ya está completamente cerrado, y cruzando el río Dulce por un puente, dejamos la orilla derecha del río para colocarnos en la izquierda. Aquí el camino se vuelve un poco más agreste, estrechándose un poco, pero tras unos pocos metros, nos encontramos en el pueblo de la Cabrera.

Es un pueblo pequeño, con casas antiguas y poca gente (al menos solo nos cruzamos con un par de cazadores, que por cierto estaban hablando de que iban a comer cocido lo que nos hizo que segregáramos jugos gástricos…). Se entra al pueblo cruzando una explanada que debe de hacer los efectos de parque del pueblo, pasando al lado de un frontón a la vera de la iglesia del pueblo. En la puerta de la iglesia se puede seguir todo derecho, siguiendo un canal de aguas cristalinas, terminando a unos 300 metros en una antigua piscifactoría, que todavía en uso, cría truchas. Estuvimos dando un vistazo a la misma y preguntamos por el camino de Aragosa. Allí nos informaron que debíamos retroceder hasta la iglesia, cruzar el puente sobre el río Dulce, y nada más cruzarlo, tomar el camino que sale a la izquierda. Aquí es donde nos dimos cuenta que nos habíamos echado un amigo que nos iba a acompañar durante los próximos 8 kilómetros (hasta Aragosa): un gran perro blanco, parecido a un mastín pero de lo más simpático. Tomamos el citado camino, y saliendo del pueblo, volvemos a sentirnos dentro del llano valle del río Dulce.

En este tramo del camino, la administración ha marcado algo parecido a una senda botánica, en con distintos carteles que van explicando las distintas especies arbóreas que componen el bosque por el que trascurre el camino, algo muy interesante. Después de aproximadamente unos 2 kilómetros, el valle toma la forma de una U, y llegamos a un bosque de encinas en las zonas más alejadas del río y de chopos en las más cercanas, donde existen una serie de paneles informativos que explican la flora, fauna y geología del valle. Incluso un poco más abajo y sobre la misma orilla del río, existe un pequeño balcón sobre las mismas orillas del río, con un panel que explica los orígenes del nombre del río Dulce y donde nace el mismo.

Seguimos el camino, acompañados de nuestro amigo, encontrándonos con algunos excursionistas. El camino sigue por la margen derecha del río, acercándose y alejándose del mismo entre encinas. Nuestra conversación seguía agradable, hablando de lo divino y de lo humano, llegando nuevamente a unas ruinas a la derecha del camino. Cerca de las mismas y sobre una explanada hay un cartel que informa que está prohibido acampar, y las mismas consisten en una gran casa larga, con una puerta al final de la misma marcada con el titulo de GUARDAS. Aquí el camino se encuentra a unos cuantos metros sobre el río, y en el margen opuesto al nuestro entre la maleza aparecen las ruinas de lo que parece un complejo fabril de principios del siglo XX. Estas ruinas parecen como si estuvieran en estado de rehabilitación: había una grúa pluma e incluso materiales de construcción, pero parece que la actividad había cesado hace tiempo. Lo que más nos extraño, es que dentro del complejo de edificios aparecía uno más pequeño, con una espadaña con campanas y que parecía una capilla. ¿Que podía hacer una capilla ahí?, esto nos desconcertó y nos dio rienda suelta para elaborar diversas hipótesis sobre lo que podían ser la ruinas. ¡Si alguien sabe lo que es y nos lo dice se lo agradeceremos! Incluso intentamos acercarnos, puesto que el camino un poco más adelante tiene una bifurcación, que tomando la dirección de la izquierda, se acerca al río y que creíamos que podría tener un puente que nos cruzara a la orilla, pero tuvimos que desistir, puesto que no lo encontramos. Retrocedimos hasta la bifurcación y retomamos nuestro camino

Os recuerdo que seguiamos acompañados de nuestro amigo el can: nos adelantaba y nos esperaba a que llegaramos, o se retrasaba y cuando se sentía solo emprendia una carrera hasta nuestro encuentro, en fin como si fuera nuestro. El valle aquí se vuelve a cerrar, y el bosque el galeria de chopos se hace más evidente, pena que ya en estas fechas, finales de noviembre, los chopos no tengan hojas, pero esto en octubre con las hojas amarillas tiene que ser una maravilla. Sin solución de continuidad el valle vuelve a abrirse y nuevamente nos encontramos que el camino esta rodeado por tierras de labranza,  dando una gran curva, siguiendo un meandro del río, hacia la izquierda. Ya estábamos un poco cansados, puesto que desde que salimos hace aproximadamente 10 Km. no habíamos parada para nada y no veiamos el pueblo de Aragosa, nuestro destino, pero sabiamos que por la distancia recorrida debiamos de estar al llegar. ¡Estabamos empezando a paladear una cervezita! y si encima nos daban algo de comer miel sobre hojuelas (no olvideis que unas dos horas antes ya había tenido un primer bombeo de jugos gastricos debidos al cocido de los cazadores de La Cabrera) puesto que ya era casi la una de la tarde.

Caminado por nuestro camino, acompañados por nuestro infatigable amigo, detrás de una curva del camino nos topamos con el cementerio de Aragosa. Era un cementerio pequeño, bien cuidado y lleno de flores, puesto que unas tres semanas antes había sido la festividad de Todos Los Santos y el día de los Difuntos. Un poco más adelante y tras otra curva entramos en el pueblo. A la izquierda, a la vera del río hay una pequeña explanada, en la que se encuentra un tobogán y un par de columpios y unos bancos de piedra dispuestos de manera circular alrededor de una mesa baja también de piedra. Indudablemente nos encontrábamos en el parque de este pequeño pueblo. En este punto, el camino se convierte en la calle Real del pueblo, y decidimos seguirla buscando nuestro ansiado bar. No nos encontramos con nadie, excepto con un par de parejas de turistas, a los que preguntamos si sabían donde estaba el bar, pero lo desconocían. El pueblo es pequeño, y cuando nos quisimos dar cuenta ya habíamos salido del mismo. En una de las casas finales, una pareja con su hija pequeña se disponía a salir a tomar el Sol, puesto que aunque el día estaba un poco frío era soleado, así que le preguntamos por el bar y la respuesta fue negativa: En Aragosa no hay bar. Nuestro gozo en un pozo, nos habíamos quedado sin cerveza y sin comida caliente, así que retrocedimos hasta el “parque” dispuesto a dar buena cuenta de los sándwiches que llevábamos en la mochila y que regaríamos con una excelente agua reserva del 2008 embotellada en nuestras respectivas camelbacks.

La alegría que le dio al perro cuando vio que sacábamos cosas para comer, pero ¡Oh!, para desdicha suya no había nada de carne: atún, salmón, queso, apio…. De todas formas no perdió la esperanza e intento ver si podía comer algo de lo que llevábamos. Mientras almorzábamos, llego la pareja con la niña que habíamos visto antes, y que llegaban al parque para que jugara la niña. Les preguntamos si conocían al perro, pero les era extraño. Al momento llegó una conocida de ellos en un vehículo todoterreno, y nos dijo que el perro no le era desconocido: quizas fuera del médico de Pelegrina. Esto nos cuadraba, puesto que entonces recordamos que cuando llegamos en coche por la mañana a Pelegrina le vimos merodeando por el centro de información de vistantes que se encuentra a la entrada del pueblo.

Eran ya las 2 de la tarde, y teniendo en cuenta el tiempo que habíamos empleado en llegar desde el coche y las horas de luz que nos quedaban decimos volver. En estos momentos nos dimos cuenta que el perro ya no nos acompañaba y nos entristecimos un poco. Deshicimos el camino que habíamos hechos, y adelantando a unas parejas de excursionistas volvimos a una de las partes cerradas del valle, en donde vimos buitres sobre la crestería. Otra vez pasamos por las ruinas “fabriles” y nuevamente intentamos acercarnos a ellas, sin éxito.

Siguiendo el camino, llegamos a La Cabrera, y como teníamos sed, reanudamos la búsqueda del bar perdido. Recorrimos la calle principal del pueblo, que también es la carretera de acceso al pueblo, y no encontramos nada. Otra vez volvimos a preguntar y la respuesta fue negativa pero quizás un poco menos frustrante que antes: no había bar pero si una máquina de refrescos en un local frente a la iglesia. Bueno, menos da una piedra y podríamos beber algo distinto de agua: ¡coca cola! Nos sacamos nuestras dos latas, y sentados en un banco al lado de la iglesia las degustamos cual copas de Rioja Gran Reserva.

Como aquí el valle es cerrado y por tanto la luz empezaba a escasear decidimos reanudar la marcha, total solo nos quedaban 4 kilómetros. Por fin veíamos nuevamente Pelegrina con su castillo, y la cuesta que bajamos esta mañana nos amenazaba con su subida de 300 metros como postre para los casi 25 kilómetros que ya llevábamos.

Una vez subida la cuesta, otra vez a la búsqueda de bar para tomarnos un cafetito. Sabíamos por la vez anterior que vinimos que aquí si hay bar y sabíamos donde estaba, pero otra vez los hados hosteleros se habían puesto en contra nuestra: estaba cerrado. Bueno eran sobre las 6 de la tarde y la noche empezaba a caer lentamente. Entonces decidimos que de vuelta a Madrid, en el primer bar de carretera que viéramos, pararíamos. Así fue, y en la famosa venta del KM 103 de la carretera de Barcelona pudimos tomar nuestro café.

Así termino esta agradable ruta por el río Dulce. Ah, por cierto, durante la vuelta a Madrid en el coche nos enteramos que España había ganado la Copa Davis del año 2008 que se jugaba contra Argentina, en cuya capital, Buenos Aires, me encuentro en el momento de redactar este relato.

 3 de Febrero de 2009

 Juan Carlos-Charlis

 

 

Presentación de Trotecochinero

Pulsa sobre la foto para ver las rutas trotineras

Grupo trotinero

Grupo trotinero

Rutas montañeras trío

Rutas montañeras cuarteto

 

Camino de Santiago

Viajes Trotineros

Caminos de Santiago

Viajes Trotineros

 

Camino de Santiago

Quedadas peregrinas